Soy la palabra que no espera
el ruido que hace hablar a tu silencio
el nudo de la cinta de tu pelo
la mirada que quiere subir a tu marea

El canto de esperanza en el asfalto
los dedos torpes que sueñan con tu espalda
las amarras de un barco encallado
el asesino sin culpa ni redada

Desde mi ventana

Desde mi ventana

martes, 26 de mayo de 2009

Bendita






Bendito el aroma incandescente que regalas, eterno en cada víspera del mañana. Porque allí se guarda, me cuida entre los recovecos de la tarde cuando las nubes amenazan esa lluvia a cántaros que mi pecho sueña desde tiempos remotos. Basta cerrar los ojos, encender la imaginación, pestañear entre el vaho de los trenes y allí está: intacto, eterno, una verdadera eucaristía que se repite unívoca.

La tarde se parte al medio en el banco de un parque, aquel mismo donde cerraste la llave del Edén y me atrapaste con rejas teñidas de dedos y dos ojos color café que quitaban el humo gris en esa mirada frontal sin fronteras; llueve como si el mundo acabara mañana y yo sólo quiero ser gota de lluvia y trepar en los jardines colgantes de tu pelo, bajar hacia el cielo de tu pecho desabrigado y abrazar la calma que nunca se pierde entre tus brazos.

Bendito el techo que nos guarece del frío, bendito el frío que nos guarece, nos despierta acercándonos esa certeza ineludible de estar vivo para contarlo, o para contarte, que en tus ojos veo el mundo doble, me pierdo en la combustión de tu iris y tu pupila sobre las mías que se abrazan y se abrasan hasta hacerse fuego y agua en mi boca sobre la tuya, bocado similar a una lengua de Adán (¿o de Eva?) y diez manzanas almibaradas con jengibre entre el café circundante, transeúntes emparchados y hasta otro par de sentenciados que se besan intentando imitar el milagroso encuentro que nadie más podrá repetir.

Bendita la mirada que no necesita más que ella misma para imantarte la mano hacia las cuatro paredes más cercanas que se conozcan, con olor a receptáculo, pintura de caricias con barniz en la cintura que rodeo entre el burbujear de un mate prometedor.

La tarde se consume como el mate, como el agua que sueña con tu cuerpo igual que yo, como la sangre que se hace suave como tu mejilla de terciopelo en el eterno vaivén de mis manos.

Sólo queda ese maldito adiós cargado de esperanza en tu portal, esos susurros que me persiguen el oído, el pecho, las piernas, el sexo y el alma hasta la bendita hora en que mi almohada pregunta por vos y sólo sé responderle que duermes una suerte de siesta esperanzadora.

O quizás que sólo duermes, soñando a mi lado con tu bendita costumbre de dormir al lado izquierdo.

Sólo que mañana, pero sólo mañana, no estará el mercurio de tu voz con olor a café con leche.

Pero eso a mi almohada le importa poco.

Incluso menos que a mí.

3 comentarios:

Marie Augustine. dijo...

precioso el texto.
me encanto leerlo justo antes de irme a dormir.

Pato dijo...

Sos una maravilla!

Te digo una cosa, mas vale que el sol este invierno haga meritos, por que la calidez y el brillo se lo estas robando y te sienta de maravillas.

Se te adora :)

ValeVi dijo...

Hermoso, Facu, como siempre. Tantas bendiciones juntas, tanta buena sensacion. Un besote.