Soy la palabra que no espera
el ruido que hace hablar a tu silencio
el nudo de la cinta de tu pelo
la mirada que quiere subir a tu marea

El canto de esperanza en el asfalto
los dedos torpes que sueñan con tu espalda
las amarras de un barco encallado
el asesino sin culpa ni redada

Desde mi ventana

Desde mi ventana

jueves, 26 de mayo de 2016

El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.





Miguel Hernandez

Siempre el adiós

Tú llorarás a mares
tres negros días, ya pulverizada
por mi recuerdo, por mis ojos fijos
que te verán llorar detrás de las cortinas de tu alcoba,
sin inmutarse, como dos espinas,
porque la espina es la flor de la nada.
Y me estarás llorando sin saber por qué lloras,
sin saber quién se ha ido:
si eres tú, si soy yo, si el abismo es un beso.

Todo será de golpe
como tu llanto encima de mi cara vacía.
Correrás por las calles. Me mirarás sin verme
en la espalda de todos los varones que marchan al trabajo.
Entrarás en los cines para oírme en la sombra del murmullo. Abrirás
la mampara estridente: allí estarán las mesas esperando mi risa
tan ronca como el vaso de cerveza, servido y desolado.




Gonzalo Rojas


La loba

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por las calles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en el giro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no con otro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.




Gonzalo Rojas

jueves, 20 de noviembre de 2014

Te vi

Dibujas alas para todos los corceles 
Y cada margarita trae pétalos impares. 
Todas las miradas abandonan los teléfonos 
Y encuentran que la vida estaba en otra parte. 

Te vi, 
Como agua a la arcilla 
Llegas a mi vida y me torneas. 
Te vi, 
Todo estaba claro. 
Ahora llegas tú y me desordenas. 

La pena es un insecto atrapado en ámbar 
Y en todos los tejados un hombre escribe versos. 
En cada ceda el paso se arma batucada 
Y en todos los moteles se jura amor eterno. 

Te vi, 
Cachorra sin dueño, 
Mi dulce corazón durmiendo en otro cuerpo. 
Te vi, 
Con ojos de marzo, 
Relámpago que anuncia tormenta en el desierto. 

Llegarás como abril, 
Mi fin de semana eterno. 
Bailaré para ti, 
Reina de todos mis torneos. 
Si los lunes te duelen 
Yo te levantaré. 
Cuando el viento arrecie, 
Permaneceré de pie. 


El mar al que mis pétalos se arrojan... 
Colibrí de marzo, pequeña supernova. 

Eres la tarde de un viernes de colegiales, 
Tan noche de San Juan en tiempos de cuaresma. 
Y yo, bufón sin rey, lloró por cualquier cosa, 
Las lágrimas me lavan la cara polvorienta. 

Te vi, 
Despierto y desarmado, 
Desertor de batallas sin cupido. 
Te vi, 
Niña aventurera, 
Amapola en la vereda del camino. 

Llegarás como abril, 
Mi fin de semana eterno. 
Bailaré para ti, 
Reina de todos mis torneos. 
Si los lunes te duelen 
Yo te levantaré. 
Cuando el viento arrecie, 
Permaneceré de pie. 

Rumor de cataratas, siesta bajo la sombra, 
Pregunta sin respuesta, unicornio sin doma. 

Espigas para el nido en cada canción. 
Con mis manos de olivo ahuyentaré el temor. 

Última noche de invierno y escarcha, 
Luz de mecedora, aroma de lavanda.




Ismael Serrano 




  

domingo, 26 de octubre de 2014

Creo que te ví

Creo que te vi, saliendo de algún lugar que seguramente no existe. Pedacito de vida, sonrisa de mermelada, imitador profesional. 

Pero desperté.

domingo, 12 de octubre de 2014

Entendíamos tan poco de la vida





Entendíamos tan poco de la vida
no tan niños (pero tan jóvenes)
Ser feliz era trabajo de hormiga,
chapucear, pisar el barro.

Aunque se hacía bello...
Tu bandeja con el mate, 
las tostadas con tu risa,
desayunar tu recuerdo,
mirarte en el espejo del principio.

Era duro ser joven, tener tanto por delante,
tanto tiempo para no poder seguir esperando

Cómo cóngelarte en Casablanca,
eternizar el último tango en París,
pedirle a Ninette que no salga del cuarto.

El colectivo de la vida
nunca te avisaba dónde bajar.
Crecer era sin delicadeza, como un dolor de muelas:
era fácil parecer saberlo todo


Y aquí mirando, esperando reconocerme en el espejo.
Por ahora, solamente mirame. Y vestime de domingo.