Soy la palabra que no espera
el ruido que hace hablar a tu silencio
el nudo de la cinta de tu pelo
la mirada que quiere subir a tu marea

El canto de esperanza en el asfalto
los dedos torpes que sueñan con tu espalda
las amarras de un barco encallado
el asesino sin culpa ni redada

Desde mi ventana

Desde mi ventana

miércoles, 29 de abril de 2009

Si te encuentro




"Cuando digo te espero

que conste: te pido revancha"







Sueño cada mañana con tus alas

hermosa mariposa que me atrapa

escapando de la muerte, del cristal

que se rompe donde no debo pisar


Porque te debo más de lo que no me das

quiero culpar y no hay inquisidor

Será que el amor nunca entendió de Adan

y Eva no contó con las agujas del reloj


Porque me debes más de lo que no apostás

me tomaría hasta la molestia en aquel bar

donde vigilaba tu sonrisa y merecías

un beso dulce por cada tontería


En conclusión, no tengo ninguna razón

ni caña ni anzuelo, ni pericia ni teléfono

para llamarte a tu paraíso, y si te encuentro

mejor ni te cuento lo que haría con tu voz

lunes, 27 de abril de 2009

Tan temprano





Empezó tan temprano que ya se hizo tarde

Quiso la cuchara rota o el viento cobarde

dejarte desnuda, pájaro en mano, sin vuelo

Dejarme desnudo, sin abanico y sin pañuelo


Llueve tu risa, cae el domingo como piedra

cansada de rodar como mi mente, seca hiedra

del otoño que no puedo prometer ni jurar

¿a quién pedirle eternidad si no creo en jamás?


Estarás tan hermosa que no me lo vas a decir

No se por qué se maquillan las aves antes de partir

ni cuándo ni cómo golpear tu puerta, que se cierra

queda el umbral sin alas ni susurros: no mientas


Estoy tan cansado que no te quiero contar

ni preguntarle al viento por tierra, ¿será el azar

que nos condena, la vida o las rectas paralelas

sin cruzarse jamás, cambian de lado y de vereda?


Si supieras que guardé hasta tu sombra

debajo de mi cama por si acaso mi luz

te nombra en la penumbra cansada del adiós

No quieran tus manos rastrillar mi alfombra


Aquí digo basta porque ya no alcanza

Que el querube de tus manos incline la balanza

de los tiempos donde la vida es posible y quizás

sea tu hombre, tu pecado, tu manta, tu antifaz

sábado, 25 de abril de 2009

Qué andarás haciendo





Qué andarás haciendo ahora,
hecha una madeja en el sillón,
dibujando constelaciones en los huecos
de los cuadros que aún faltan por colgar.

Qué andarás haciendo ahora,
apagando las luces del salón,
probándote quizá un vestido nuevo,
planeando una huida, ver el mar.

Y yo afilando lunas, perdido en el hotel,
encontrando tus caricias en el neceser.
Y yo buscándote en el espejo azul del baño,
en la ropa cansada del armario.

Qué andarás haciendo ahora,
cansada viendo la televisión,
guardando mi paz y mis retratos,
la costumbre de dormir al lado izquierdo.

Qué andarás haciendo ahora,
maldiciendo la luz, el primer sol,
hermosa con los párpados hinchados,
regando las plantas, todos los recuerdos.

Y yo retirando hojas secas de la cama,
soñándome contigo bajo el agua.
Y yo recordando que olvidé tender la ropa,
preguntándome qué andarás haciendo ahora.







Ismael Serrano





http://www.youtube.com/watch?v=gVbiONrJBJk

viernes, 24 de abril de 2009

Quitarte el antifaz








Que la noche no duela...

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Es imposible no entender tu ruido. ¿Cómo podría no entender, yo, que me he quedado sordo tantas veces? Tantas que algunas noches apenas puedo contarlo, apenas puedo oírlo.

Es tan imposible como quedarse quieto cuando te imagino pasada la medianoche tan cansada, tan triste y tan sola y me veo tan cansado, tan triste y tan solo que no puedo hacer otra cosa que disfrazarme de fantasma e intentar colarme por la hendija de la puerta de tu cuarto, aquella por donde se filtra el último rayo de luz de la noche, y sólo quiero entrar para mirarte cuando duermes y quitarme hasta el ateísmo de encima y creer que otro mundo es posible quizás hasta preguntarle a tu sueño cómo es posible conciliar ese milagro que a mí me cuesta tanto. Debe ser un milagro porque tu hermosura no entiende de razones terrenales, se muere de risa delante de la lluvia y se empapa de indiferencia ante las miradas. Simplemente se deja ser en el espejo de tus ojos marrones, en el manantial de la humedad de tu boca, proporcionalmente preciosa, deseable y pequeña con número de pasaporte propio, sin nombre y con un solo apellido: paraíso; decirte que no sé cuál es el diablo que de repente me trae tu recuerdo y me hace extrañarte en el momento más inoportuno, que es, por definición, ese momento que no es. Pero algo de milagros entiendo, o quizás nada, porque solo tengo anhelos y quizás una absurda esperanza y un incomprensible intento que no se apaga nunca, entonces sólo quisiera entrar por la ventana para decirte que te extraño más que al agua en verano, más que a la almohada cuando tengo sueño, más que a las mariposas que dibujas, más que a la palabra que nunca juraste. Y te vas a reír, porque hasta el más ciego objetaría que no tengo tanta tela para cortar, pero yo extraño la cosa más pequeña, la mirada esquiva detrás del cristal, la sonrisa tímida en una tarde de verano, tu mano decidida, jugando a taparme los ojos y hacerme mirar el mundo sin ellos, como si con los tuyos sobrara, tu boca besándome por sorpresa, las charlas sobre animalitos incomprendidos o quizás, y tal vez lo mejor, la creencia de que a tu lado me sentía como pez en el agua nadando en el mar de la esperanza a corto plazo, esa que no exige demasiado futuro, ni columpio en el jardín ni cenas de salón, sólo esa, pequeña, fugaz y eterna que siente, aunque sea por un segundo, que el sueño vale la pena, que otro mundo es posible, que no hay más calma que ese abrazo incompleto.

Y quizás te rías, pero no me hace ninguna gracia. Porque la noche me duele. La noche es insomnio, la almohada está llena de plumas. Porque no tendría la menor idea de que hacer delante de toda tu persona durmiendo en paz, y yo tan idiota e insomne simplemente parado de pie al borde de tu cama sin saber que hacer. Se me ocurrirían dos mil motivos para estar ahí, desde despertarte como una brisa suave que roce tus labios y te devuelva algo de certeza, de contar esquizofrénicamente cada lunar de tu cuerpo, de aspirar una o quizás quince mil veces el perfume de tu pelo, que es tan poco particular que me encanta, sólo porque lleva tu nombre y porque no sé por qué me encanta y quisiera sentirlo las veinticuatro horas del día.
Quizás hasta sacaría del bolsillo las dos entradas que compré para el cine, al que no pude invitarte o al menos al que no te invité, pero que compré porque pensarte acurrucada durante un rato en mi hombro mirando algo en tu compañía me suponía un evento tan pequeño y gigante como la mano de un bebé durmiendo seguramente igual que vos ahora, preciosa, radiante, en una casa cansada de dar la vuelta a la manzana.


Quizás intento decir que sólo sería bueno entrar en ese cuarto si fuera con entrada, llave y número de contraseña. Para algo se inventaron las puertas, hasta ahí creo que mi nivel de racionalismo es válido. Todo lo demás es un anhelo quizás más válido que las puertas e incluso que las llaves, ni hablar de las cerraduras. La ventana es discutible. Pero no alcanza, y no hay nada más triste. Quizás sí: tu tristeza. Me duele tanto como la mía.

Quizás siendo las dos de la mañana ya sea hora de confesarte que me encantaría que fuera todo exactamente al revés, todo distinto. Quisiera yo cerrar la puerta, dejar una leve hendija de luz entrando por mi ventana, que el sueño me suma y me convierta aunque sea por unas horas en el hombre más hermoso que hayas visto jamás. Porque no sé si lo dije pero eso es lo que pensaba al abrir tu puerta. Y quisiera que me seques hasta la última gota de tristeza que me invade cada noche, que mataras a ésta con un beso, cuatro tiros o dos insultos, esos que nunca pronuncias (al menos con la gente) y me dijeras que sí, que otro mundo es posible, que querés dibujarme quince mariposas en mis hombros, curarme el insomnio, quitarme las ganas de fumar, porque cuando tus labios están cerca no hay otra cosa mejor en el mundo para llevarse a la boca, llevarme a algún café o a tu cama, o a donde fuera, pero lejos de este abismo.

Quizás en ese momento, en ese anhelado momento que ojalá fuera compartido y sin culpables, igual que éste, sólo en ese hermoso momento yo podría despertar y recitarle a la luna:


Dile que la noche ya no duele
que quiero discutir con su boca
Dile que en mi pecho ya no llueve
Que sus labios me secan gota a gota




http://www.youtube.com/watch?v=nOsmVRr7lT0









Ni inocentes ni culpables:
corazones que desbroza el temporal

martes, 21 de abril de 2009

Mañana, tal vez




Quizás sea un anhelo dulce porque nunca sucedió. Quizás el mismo diablo que jura jamás tiene un querube en la vereda de enfrente que siembra esperanza con la mano abierta e inocente, como si no conociera ni por asomo los laberintos que se esconden detrás de una promesa.
Tampoco se trata de una quimera, ni de un sueño, ni de una espera, ni de un pedido, ni de una promesa y quizás ni siquiera se trate de una esperanza: sólo se trata de un anhelo.

Anhelo que veo en las primeras páginas del libro que empiezo por la noche tapado hasta la nariz en mi cama y degusto como si fuera tu boca húmeda; que sueño en mis manos suaves en plena madrugada cuando el alba me mueve el cuerpo sobre la frazada y me incita a levantarme; que siento en mis ojos cargados, llenos y nítidos en el lado izquierdo del espejo del baño, justo enfrente de la puerta cansada; que siento en las piernas que tiritan de frío por el aire que se cuela entre las hendijas de la ventana circular. No deja de ser una lástima que no puedas verlo ni sentirlo.

Y sin embargo no hay tristeza. Tampoco nostalgia. Porque no se puede extrañar lo que podría pasar y no pasó. Entonces la mañana se levanta besando al otoño, cálida, hermosa. La brisa cae suave y bella como una canción de Norah Jones, la cafetera emula al paraíso (aquel que Santo Tomás no pudo ni soñar) y no hay más que echarle delicadamente polvo como si fuera una caricia en la espalda de una mujer y empezar el camino hacia lo que no se sabe.

Fresco el rostro inclinado, tibias las manos abrazando la tasa, húmeda la nariz como si te rozara, dulces los labios como si te besaran emulan tu silueta, sonriente y hermosa, tímida, que no hace otra cosa que sonreírme frente al espejo del desayunador y me hace cantar casi en susurros, como si fuera a despertar a los niños de enfrente: how I wish you were here.

Pero sin dejar caer ni una lágrima porque el deseo no se cumpla.

No por vanidad, tampoco por dejar que la cáscara empañe la fruta: sólo sé que cada noche abriré la ventana, dejaré la puerta abierta, leeré decenas de páginas que te recuerdan, abrigaré mi cuerpo con lo que haya, cerraré los ojos y abrazaré la almohada casi contra la pared como si fuera tu cuerpo tibio con el que jamás dormí y pensaré que pronuncio: hasta mañana, tan por lo bajo que sólo podrías oírlo si me estuvieras escuchando; y lo escucharías tan particular que quizás el eco y sus dudas no te dejen dormir cuando te vayas lejos.

Sólo entonces dejaría que el peso del cuerpo se acomode en la cama y estiraría brazos y piernas emulando ese abrazo anhelado.

Sólo entonces podré dormir como se dice que está bien y podré despertar quizás con tu contrapartida de mi máxima: buen día.

Ayer no. Hoy tampoco. Mañana, tal vez.

jueves, 16 de abril de 2009

Destreza de la esgrima




Allí está. Sentada en la mesa, espontanea, fresca, mirando la tasa de café con leche y espuma en una tarde fresca que promete un otoño apacible. Allí habla, cuenta historias entre risas que se interrumpen con la pitada de un cigarrillo a medio consumir. Sonríe como si lo fueran a prohibir al día siguiente, abre las manos y muestra con esmero las líneas que suponen su camino recorrido, con el orgullo propio de quien transita con convicción, ríe otra vez ante los comentarios que el pronuncia sin escatimar transparencia. Podría no responder nada y en sus gestos podría leer hasta un sordomudo. Sostiene la mirada con firmeza y sinceridad, con unos hermosos ojos llenos, luminosos, transparentes, radiantes aún sin el sol alumbrándolos, como si el cansancio anduviera por una calle paralela a la mirada sin cruzarse ni entrometerse jamás.
Ahora escucha atentamente, porque él está esgrimiendo sus heridas con la confianza de quien entrega el espíritu al curandero. Allí están, una por una con nombre, apellido, fecha y lugar.
Allí están también todos los sueños, los odios, los miedos, los encantos, las debilidades de todos colores, la tristeza de los tiempos, las convicciones que caminan con esqueleto, la mirada perdida, la palabra no dicha al momento justo, la que se fue y la que no se sabe cuándo vuelve. Sigue escuchando y retruca. Su turno. Como si se descalzara, muestra las huellas de cada suela, la tarde se consume como los cigarrillos y el reloj marca la hora de irse.
Se saludan como si se conocieran de toda la vida, con la sonrisa informal en vez de la mano.
Las mismas sonrisas que seguramente seguirán saludándolos.

lunes, 13 de abril de 2009

Caricias ejemplares



Cae la noche y la luna me guiña un ojo, porque conoce cada rincón que se vislumbra en esta habitación donde vos y yo somos los protagonistas del mejor espectáculo jamás visto. Conoce cada contraste entre su luz y tu sombra, entre su luz y tu luz, entre su luz y tu silueta, que se desdibuja cada día y cada noche tan igual pero tan diferente.


Ya oigo murmurando el ruido de las olas mansas después de tanto trabajo, y se acuestan a tu lado para mecerse y mecernos en la noche más bella.
Se colocan y diseminan con total naturalidad, aptas siempre para buscar tu postura, aquella en la que tus mejillas parecieran sonreir, autónomas, eternas, vírgenes, alegres, felices, inmutables, con ese pliegue único que solo puede lograrse con la comisura de tus labios y la suavidad de tu piel.
Sonríen complacientes al mirar tus muslos rozando los míos, enredándolos con habilidad semi-artística y cada vez con un estilo diferente.


Más al fondo aún están las estrellas, que todavía no logré discernir si son espejismos de tu mirada y de tu luz, o si tienen vida propia. Pero ellas hacen caso omiso de mis pensamientos. Ellas buscan competir inútilmente contigo para ver quién ilumina mejor mi pecho, que también podríamos llamar almohada, o refugio, y maldicen celosas cuando entre los retazos de la noche tu pelo y su perfume están acariciando mi abdomen, como si tuvieras cabello ramificado.

Yo también conozco. Yo también dibujo cada noche pequeñas nubes de mi alma en esa espalda suave como el terciopelo que no opone ninguna resistencia a los vaivenes de la yema de mis dedos o a la forma natural que mis labios forman para buscar la combinación perfecta entre la ternura y tu sueño.
También conozco la luz que te ilumina y, como si fuera un prisma, rebota y dibuja las figuras más bellas y perfectas en mi silueta.
También conozco los refugios de tus manos en las mías, o el pliegue de tus senos rozando mi pecho que respira reconfortado.

Conozco todo lo que en ese instante eterno no conoces, solo porque tú duermes


Y yo te miro











(Texto de hace mucho tiempo)