Soy la palabra que no espera
el ruido que hace hablar a tu silencio
el nudo de la cinta de tu pelo
la mirada que quiere subir a tu marea

El canto de esperanza en el asfalto
los dedos torpes que sueñan con tu espalda
las amarras de un barco encallado
el asesino sin culpa ni redada

Desde mi ventana

Desde mi ventana

sábado, 13 de marzo de 2010

La última carta





Una vez más, Jorge miraba al frente y contemplaba tras el cristal de sus lentes, aquel de la ventana que lo separaba de la noche. Miraba una y otra vez la hoja, en un acto que ya casi parecía un rito. Llevaba meses buscando las palabras. Tenían que tener esa exactitud borgiana que para el resto de los mortales a veces constituía una perfecta excusa para no hacer nada. Respetable: la perfección era un anhelo loable si de buena expresión se trataba, pero el borroneo posterior y la pasividad siguiente y prolongada se acercaba bastante al sacerdocio. Tenía que encontrar las palabras. Todo era palabras. Llevaba meses buscándolas y sin embargo, no aparecían. La luna lo miraba con compasión detrás de una burla que jamás se mostraba. Él buscaba respuestas. A veces todo no sólo tenía que ser exacto, sino que también tenía que tener respuesta.

Esa carta era su alienación hecha papel. De momento, papel en blanco (ergo: seguía en el mismo sitio, siendo ni más ni menos que sí mismo). Uno tras otro apagaba cigarros, bebía café, sumaba lesiones en el duodeno que recién podía ver tras animarse a una endoscopía.

Tenía que conseguir ese alter ego desprenderse como una nueva ventana en el explorador de su computadora. Tenía que haber algo que se escindiera de la racionalidad en su persona, tenía que haber una creación para la cual solamente hubiera explicaciones sentimentales, y por ende, falta de raciocinio.
El amor es ciego, dijo Shakespeare. También podría ser irracional, o no, llegó a escribir. Pero se perdía en su laberinto y no encontraba más salida, con lo cual sólo había logrado poner un poquito más de basura en su discreta papelera de escritorio.

Epifanía: apareció la primera palabra. Laura. Sí, Laura. Y no se detuvo por un rato.


¿Dónde estarás ahora? ¿tenés todavía ese pelo suave, oscuro y largo tendiéndose en tus hombros? Me aterraba tu belleza, Laura. Era una excitación insoportable, una suerte de pedido inexorable de realizar a cada paso una maravilla que cuadrara con la sombra de tu espalda. Y la extraño. No me preguntes cómo, pero la extraño. A veces, en esas noches de soledad (ya no me averguenza decir que son todas), necesito tu tacto. Me revuelvo entero imaginando otra vez la sombra, como ahora la luna sobre mí, sobre tus hombros suaves, y ese pelo casi publicitario, y tus pechos firmes y suaves… pero no puedo más que eso. ¿Por qué es así la mente, Laura? ¿Por qué? ¿Por qué seguimos jugando a pensar que todo tiempo pasado fue mejor? ¿o eso sólo lo piensan quienes no pueden disfrutar el presente?


No hace falta decirlo: Jorge era de esas personas que parecían simplemente durar en vez de vivir. Una suerte de auto consuelo lo invadía cada vez que recordaba su pasado. Allí encontraba altibajos, en los cuales aparecían nuevos sustantivos. Sí, sustantivos propios. Que de repente se trastocaban, por eso, a las 3.15AM de esa insoportable noche de febrero, la pluma se retorció tanto que empezó a escribir otro nombre (pensó en Borges otra vez: el hombre se anima porque el metal se anima, yo me animo porque la pluma se anima, ¿seré hombre yo también?).


Paula. Sí, Paula.


Sería tan bello verte desayunar. Que frágil y dulce eras en ese simple acto de comer. No te importaba mancharte la boca con café en aquel hotel de Mar del Plata con las sábanas apenas cubriendo tu espalda inmaculada. Ni siquiera mis manos podían empañarla,¿te acordás? Dormías como bebé cada vez que me recostaba sobre ella y besaba tus mejillas, que siempre me acordaba de destacar. Y despertábamos religiosamente en la misma posición, como si el mundo se detuviera entre nosotros.

Qué cursi suena esto, pensó. Y sí, a veces hasta la vida es cursi.


Y como no pensaba volver a escribir otra carta, no se preocupó por la superposición de nombres en su contenido.

Y así siguió.








El despertador mostraba las 8. Hacía meses no dormía así. Se había quedado igual que en los tiempos de Paula: dormido encima de una almohada doble que reemplazaba el cuerpo de aquella mujer, que solo recordaba por recuerdos de recuerdos, y siempre en esa posición.
El raciocinio volvía a invadir el palacete. Tanta cafeína en sangre que ya había olvidado lo que era cerrar los ojos antes que la maldita luz del alba le recordaba que seguía viviendo en otro tiempo. La costumbre. No la perdemos nunca, pensó. Y si la perdemos, así quedamos.
Intentó retomar el último párrafo de la carta pero ya no pudo. Ni siquiera buscó la perfección, ni las palabras justas, ni las cursis ni aquellas que no lo eran. Continuó en la otra hoja, como si su recuerdo fuera a llenar alguna vez las letras que faltaban. Al fin y al cabo, todo era recuerdo, ¿qué importaba que el papel le recordaba que seguía allí, vivo en Mar del Plata, en una casa que tenía más de sótano que de aquello que los sociólogos solían llamar impunemente hogar?

Todo importaba. Todo tenía que importar, aunque así no fuera.

Sofía. Sí, Sofía.


Si te dijera que has sido la mujer entre las mujeres, ¿me creerías? Sofía. Ni Platón te hubiera imaginado tan amorosa. Ojos de brújula, equilibrio, equilatero perfecto. De cada costado faltaba ni sobrara nada. Porque yo no quería. Eras simplemente mi perfección. La misma que ahora busco Sofía. No importa si te mudas, no importa si nunca más me llamas, no importa si no ves que te extraño porque seguramente ya no estoy, nada de eso importa.

Tenía que decirlo, Sofía. Sino, nunca iba a romper esta rutina. Y tengo que hacerlo.

Volvió a pasar la hoja, llenando con su mente lo que no escribía y cambiaba de hoja.
Pero hasta vez hasta cambió de pluma.

Es cierto, sí. Cambié mi rutina. Pero no lo hice. Sólo cambié lo poco que recuerdo de ella. Porque ella eras vos, Laura. Eras vos, Paula. Y sobre todo vos, Sofía.

Yo soy todas ustedes, y seguramente algo de ustedes también soy yo. Pequeña diferencia, ¿no?

¿Qué decirles?


Cerró el cuaderno con la pesadumbre de un recién jubilado en una tarde de domingo.
No se le habían acabado las respuestas, se le habían acabado las preguntas.

Sólo allí descubrió que el pasado se había ido, igual que el último tren del día a Buenos Aires. Si todo era presente, entonces todo era nada. Nada valioso, al menos. Nada que ameritara seguir elucubrando palabras, perfecciones, razones o respuestas.

Miro al ventanal una vez más, con los ojos vidriosos del vaso de vodka, con la tristeza de Paula cada vez que la mostraba, y los ojos se le ponían como si hubiera bebido, y su único alcoholismo eran los desayunos sin despertador. Y sonrió con la picardía de Laura cada vez que terminaban de hacer el amor profusamente, y se amargó con la misma mirada que le regaló Sofía el día que se fue a París.
Volvió al papel, no pudo evitar abrirlo. Leyó cada palabra cientos de veces. Compulsivamente comenzó a cambiar las frases, a intercambiarlas, a superponer adjetivos, nombres, intercambiarlos, borrarlos y escribirlos nuevamente.

No quedaba perfección, ni exactitud. No quedaban respuestas, menos aún, raciocinio.
Sólo recuerdos. Lo mismo que creaba, destruía, y volvía a crear. Al fin y al cabo, no había carta, sólo recuerdo, solo pasado.

Nada quedaba de aquella carta.

Y sin embargo, era la última.



miércoles, 10 de marzo de 2010

Podría ser





Contando monedas para comprar cigarros,

regreso a mi casa, sumando derrotas.

Vuelvo sin excusas, sin paz ni trabajo,

y a nuestro futuro le arrancan las horas.

Y en casa me espera

mi razón de vida,

el calor de hogar.

Llevo la vergüenza,

las manos vacías,

la precariedad.

Ella sonreirá, "saldremos adelante".

A pesar del tiempo sigue siendo bella.

La miro y recuerdo. No siempre los planes

salen como sueñas, eternas promesas.

Estoy cansado

de tropezar siempre,

del “ya le llamaremos”.

Quizá mañana

cambien nuestra suerte

y acabe este invierno.

Podría ser jardinero en Marte,

médico de flores, poeta ambulante

deshollinador volando en tejados,

probador de espejos, o pirata honrado.

Quisiera ser hombre al fin al cabo.

Podría ser quizá delineante

de columpios rojos, un gran nigromante,

un cantor de nanas, quizás buhonero,

y vender palomas, pócimas y ungüentos.

Pensándolo bien, me conformo con menos.

Enchufo la radio, no habla de nosotros.

La luz de la aurora se vierte en la acera.

Ella me da un beso, yo me hundo en sus ojos.

"Suerte" me susurra y cruzo la puerta.

Fuera quizá encuentre

por fin la respuesta

o mi exculpación.

Llueve mientras sueño,

quizá cuando vuelva

haya salido el sol

Podría ser cartero de Neruda,

pescador de estrellas, navegando en la luna,

piloto de cometas, explorador de abismos,

quizá recolector de gotas de rocío.

Quisiera ser un hombre, es poco lo que pido.

Podría ser quizá delineante

de columpios rojos, un gran nigromante,

un cantor de nanas, quizás buhonero,

y vender palomas, pócimas y ungüentos.

Pensándolo bien, me conformo con menos.

Podría ser jardinero en Marte,

médico de flores, poeta ambulante

deshollinador volando en tejados,

probador de espejos, o pirata honrado.

Quisiera ser hombre al fin al cabo.




Ismael Serrano

Album: Acuerdate de vivir
(Sale el 8 de abril en Argentina)



lunes, 1 de marzo de 2010

No le creas




No le creas a la noche

cuando te diga que falté a clase,

no mires hacia atrás

si no sabés dónde miraste


No corras más que lo necesario,

no enciendas la luz al llegar

porque me gusta adivinar,

no taches el calendario


No le creas al alba

si te dijo que partí,

que no conoce las migajas

de tu pan y tu maíz


No me cantes sin sueño

que nunca supe despertar,

cuando te encontré en mi puerto

subió la marea del mar


No le creas a la luna

porque no llegas con escaleras,

y aunque no lo creas, estrellas

como vos no hay ninguna




sábado, 6 de febrero de 2010

Bitácoras incompletas






No me preguntes cuánto falta:

nunca me importó llegar.

Nunca hice las maletas

todavía no aprendí a caminar.


Queda tanto por viajar, sube,

que quizás no haya otro tren

para guardar las sorpresas que te tengo

como un querube esperando volar


Tenías más sonrisas que las que podía contar,

te faltaban varios sueños para poder ir a jugar.

Nunca te dije que espiaba detrás de la alcoba

ni que tenías más tiempo que ropa.


Te guardo más caricias que las lunas que te habitan,

¿dónde se irán las manos cuando baje la marea?

Cuida estas bitácoras incompletas

que no le hacen falta escaleras a este capitán

viernes, 5 de febrero de 2010

(In) definitivo





Patear el tablero,

desmarcar las cartas,

sacudir el avispero



Cantar verdades,

empatar silencios,

quitarle las manos al arquero



Buscar esperanza en el azar,

tachar la generala,

sonreír al par



Echar de la casa a la deidad,

patear al ataúd,

estar desnudo en la luz

y no en la oscuridad










Con ese extraño orgullo de uno mismo

viernes, 29 de enero de 2010

Acá cerca no hace tiempo






En un banco del parque hallé

la llave que cierra el Edén

donde el tiempo riega tu rosal



Parecen tan lejanos los tiempos donde la calma esperaba detrás del amanecer de las puertas, como un cisne asustado mirando a la gente a través del agua clara. Tu mano giraba al compás de tu muñeca con alguna melodía que aún no me parecía descifrable, y no porque te molestaras en ocultarlo, sino porque simplemente la desconocía.

Ni mis ojos ni los tuyos sabían que podíamos perdernos en el abismo que supone llegar al fondo de ellos, y bendito el cemento que embadurna nuestras calles.

Bendito el suelo donde piso y tu mano toma la mía, y tu cintura es mi muelle, tu pelo un ramo de rosas, tu mejilla un puerto almidonado.

Parece tan cercano que te ame y que me ames, que el misterio huya despavorido y nosotros estallemos de risa incontenible a la luz de una tarde de enero.

Que la siesta encuentre partenaire y las sábanas murmuren alguna delicia indecible.
Que la cena cante bingo cada vez que te ve llegar al plato.

Bendito que todo parezca tan de ayer, tan de hoy, tan de mañana.


Porque aquí no ha pasado ni pasa más que nosotros





http://www.youtube.com/watch?v=iqfOjeNys1s

domingo, 3 de enero de 2010

Detrás de un vidrio oscuro



Ya era demasiado tarde como para ocultarlo. Detrás del último vaso de ron, Carlos, con los ojos vidriosos, derramó la última lágrima sobre aquel bar a oscuras de la calle Piedras. Las mismas piedras que cargaba hacía muchos años. Esquivas, rugosas, impúdicas, esperando el primer tropiezo para dar una punzada certera al medio del pecho y mostrar la verdad implacable, serena y simple como cualquier otra.

Las piedras se transformaban en puñales, un gran efecto boomerang moral que devolvía en contra todo aquello que no se había dado. Así había vaciado varias botellas (un hábito ya -¿o una adicción?) dejando caer lágrimas que pesaban más y más a medida que caían en la grieta de los años.

Pasó su vida como una película. Carlos pensaba que eso solamente sucedía precisamente en esos largometrajes que se miraban desde butacas duras de cine barato del centro de la Capital, allá por los ’70, entre viejas canciones de Silvio guardadas en un cassette escondido en una caja de zapatos, adentro de una bolsa de nylon disimulando con sorprendente maestría el contenido subversivo del elemento; con banderas rojas volando en el aire y con el sueño en la boca queriendo gritar libertad, aunque esta no fuera más que una utopía, sí, aquella luz que siempre alumbra y jamás se alcanza; los boletos de tren del viejo, el overall sucio y la cultura de overall; un grito peronista sin ser partidario, una vieja biblioteca con apasionantes y absurdas discusiones sobre la nada, el ser y Dios y la crítica de Kant y la crítica de Marx a las viejas tesis de Feuerbach, la comunidad ilusoria. Y ahora los tamangos del viejo, y el laburo, y la vida yéndose en un discurso.

De repente se apagó todo su cine. Su vida se había estancado allí. Mirando tanto atrás se había olvidado de proyectar cualquier otro futuro posible.

Ahora su vida se agrietaba tras su espantosa confesión, casi borgiana: maté a todos mis hijos, mate a todos mis hijos, gritaba aterrorizado y borracho corriendo por el bar de forma ridícula y temerosa.

A nadie le sorprendió encontrar un pequeño aviso en el diario al día siguiente:

Díaz, Carlos. Tus hermanos te recuerdan

Ni siquiera a los viejos amigos de aquel oscuro bar de la calle Piedras, porque hacía rato que todos habían huído de la Capital.